La literatura visual
Muestra fotográfica de Eduardo Gil
A.Becquer Casaballe

Diario Clarín, Buenos Aires, octubre de 1986

 

Brasil es muchas cosas en un mapa que cubre una porción mayoritaria de América latina. Es una nación  peleando la punta en la encrucijada telemática –el lanzamiento de un satélite propio de comunicaciones así parece probarlo-,  pero también son los “orixas” de los cultos de raiz africana, es Gal Costa y Caetano Veloso, son las fábricas en San Pablo y las comunidades indígenas del Xingú, en Mato Grosso; tiene sus símbolos reconocidos universalmente como el Cristo Redentor y el cemento de Brasilia.

Entre tantas posibilidades, Eduardo Gil se ha quedado con las calles de las grandes ciudades: Río, San Pablo, Bahía, Curitiba, porque no existen dudas de que no es un fotógrafo de monumentos.

Lo que nos muestra son las imágenes directas, sutiles, de rostros anónimos que asumen puntualmente sus roles sociales convenidos. Existe algo de August Sander –el memorable fotógrafo alemán que realizó “Hombres del siglo XX” en los años veinte y treinta-, porque quizás desde entonces, todas las fotografías tomadas frontalmente, despojadas de cualquier acción, donde se subraya la naturaleza de rostros, vestimentas y destinos sociales, tienen algo que ver entre sí.

El militar, la barrendera municipal, se han dejado registrar por la cámara de E. Gil, quien es evidente que no anduvo ocultándose ni escondiendo la mirada detrás de un teleobjetivo. Por el contrario, ha sido un granangular el lente-herramienta elegido. Esto es un revés para aquellos que creen que por las calles hay que estar cazando furtivamente a las personas sin ninguna otra posibilidad. Lo de E. Gil no es periodísmo, es literatura visual.

¿Cómo ha sido posible dejar de lado un anecdotario de siluetas femeninas por las veredas de Ipanema y de Copacabana? ¿Porqué no está una mano agitando la cuerda única del birimbao? Acaso eso sería lo que se espera de cualquier muestra que se titule “Brasil”. Pero no, esta vez el autor, entre la alternativa de caer en la visión consagrada y mostrarnos la dimensión de un recorrido propio, optó por lo último. A esto se lo comienza a llamar “fotografía latinoamericana”, despojada de pintoresquismo.

Entre veteranos y niños-soldados

La simple fotografía que nos muestra a un anciano que parece haber perdido todos los dientes masticando años, en posición de firme, con una mínima condecoración en la solapa y su cuidada boina de soldado, es la de los sobrevivientes que durante la Segunda Guerra Mundial fueron a desembarcar en las costas de Italia. Aquello fue un infierno, una carnicería. Es el símbolo de todos los veteranos de guerra de todas las guerras.

Quizás así serán, algún día, los jóvenes que cada 2 de abril juntan los restos de uniformes que pudieron guardar y salen con banderas por las calles de Buenos Aires.

¿Qué será, entonces, de los niños soldados? Eduardo Gil dejó colgada otra fotografía, ni siquiera en proximidad de la anterior, como para que estemos obligados a recorrer su muestra y nos topemos con ella. Lo irremediable de relacionarlas es un reflejo.

El fondo es el de la catedral de San Pablo, en la Praça da Se. Están los tres niños en posición de firmes, uniformados, atentos al momento en que la cámara atrape ese instante. Uno de ellos, el de la derecha, calza una boina como la del veterano. El de la izquierda, un moreno que aprieta el maixilar para aparecer con toda la marcialidad a cuestas, semeja una vara a punto de quebrarse. ¿Porqué no están en sus juegos? “Ayer vi a un niño jugando, jugando a que mataba a otro niño / Hay niños que se parecen a los hombres trabajando”, dice una canción.

Las fotografías de E. Gil parecen destinadas a diseccionar algunas ciudades del Brasil, más exactamente a sus habitantes. Cada encuadre no deja de abarcar un rostro, una figura humana o expresiones corporales.

El joven que distribuye panfletos con el pecho cruzado por una banda de la que cuelga un prendedor con un símbolo heráldico, tiene el rostro largo, sólido, los dientes acerados y el cutis marcado por los rastros del acné. Detrás se divisan algunas banderas con inscripciones facilmente reconocibles: “Tradiçao, Familia e Propiedade”. El muchacho tiene un parecido casual con Ernst Kaltenbrunner, protector de Bohemia y Moravia durante el III Reich. ¿Habrá querido el fotógrafo establecer esa analogía?

Existen cosas muy extrañas que nos sumergen en fantasias, como aquella fotografía de una pared con pequeños retratos amontonados uno al lado del otro, y unas piernas y brazos que cuelgan como ahorcados del techo.

Nos quedamos esperando que alquien -¿E. Gil, Dani Yako, A.Pérez Aznar?- haga algo parecido con Buenos Aires.