Mirame
Mariana Enriquez

Página 12, Radar, Buenos Aires, 20 de agosto de 2006

 

Muchos entran a la muestra y la fotografían. Otros la recorren con los hombros alzados, tanto por el frío del invierno como por cierta inquietud. Eduardo Gil, el autor de las fotos colgadas, cuenta que la palabra que más repiten quienes le comentan su último trabajo es “inquietud”. El hijo de una amiga suya, de ocho años, se sintió tan incómodo que pidió salir de la sala porque “tenía miedo”. Pero, al mismo tiempo, un amigo de Gil, peruano, le manifestó que las imágenes le daban mucha paz, y que se sentía como adentro de un santuario.
Se trata de la muestra Paisajes, en el Centro Cultural Recoleta, y son sencillamente fotos en primer plano, con encuadre e iluminación idénticos, de personas con los ojos cerrados. Gil no les permitió maquillaje, ni bijouterie, y tienen los hombros desnudos, de modo que no hay manera de determinar algún rasgo de clase, ocupación o siquiera estilo personal; toda conjetura sobre sus posiciones socioeconómicas está determinada sólo por los rostros. “Los que la ven se equivocan todo el tiempo. Dicen que alguno ‘debe ser muy alto’, y resulta que es de los más bajos. Creen que otra persona es pobre, y resulta que es un profesional exitoso. Se pegan unos chascos tremendos.” Otros observadores ven la veta macabra, y dicen que les parece estar viendo fotos de muertos, tomadas en una morgue.
“Es que no vemos seguido gente con ojos cerrados”, explica Gil. “Existen situaciones en las que cerramos los ojos, claro: muertos, durmiendo, haciendo el amor, rezando. Pero en general son rostros que no se pueden recorrer, observar en sus detalles, en una situación producida. Además quise jugar con el hecho de que las fotos en que el sujeto sale con los ojos cerrados, en general, son consideradas malas fotos, las que se tiran, se descartan.” Y estas fotos son para Gil paisajes, y de ahí el título, porque pueden recorrerse, porque uno se puede tomar su tiempo para observarlas y detenerse en cada poro, en el bozo, las pecas, la curva de los labios, las marcas, imperfecciones, arrugas, con el mismo detenimiento con que se corre la foto de un paisaje.
Claro, en una primera lectura se puede decir que se trata de retratos de personas con los ojos cerrados. Pero para Gil no son retratos en absoluto. “Yo trabajo desde hace treinta años, y siempre hice retratos de la forma usual. E incluso, en mis clases, siempre enfaticé el tema de la mirada. Pero desde hace años llevo conmigo, con mis creencias y por ende con mi trabajo un proceso de deconstrucción, de poner en cuestión ciertas certezas que creía tener. Y una de las cuestiones es desafiarme. En este caso, desafiar al retrato, y lo que significa la mirada en el retrato. Aquí el que mira es el espectador. La mirada del retratado no te conjura en su lugar. No se devuelve.”
El trabajo tiene algo de vertiginoso. Porque es infinito. Podría ser de por vida. Y para él lo ideal sería fotografiar a todo el mundo. Las personas con los ojos cerrados no están identificadas, y las fotos no tienen texto. Allí hay desde biólogos hasta parientes del autor, indiferenciados. “Pero mi interés va más allá de lo catastral, del archivo. Me interesa la cuestión intelectual, teórica, de este trabajo, pero también que a la gente le pasen cosas. Desde el 2000 empecé, en mi trabajo, con un proceso de minimalización, de desestetización de la visión, de algo nada expresionista, ni romántico, ni subjetivo.”
Pero para demostrar que este trabajo no es puramente teórico, a pesar de su interés por deconstruir nociones establecidas no solamente en la fotografía sino en los géneros de la historia del arte, Gil cuenta que el disparador no sólo fue emotivo sino muy cercano y personal. “La idea surgió de un retrato que le hice a Gabriela Liffschitz, jugando. Yo trabajé con ella en su primer libro, Recursos humanos y, jugando, le hice un retrato con los ojos cerrados, para mí. Cuando ella falleció, miré mucho ese retrato, me fascinaba, pero al mismo tiempo no quería mostrarlo, me parecía macabro, hasta morboso, porque se relacionaba demasiado, claro, con su muerte. Finalmente lo mostré en la Fundación Klemm, pero de esta muestra quedó afuera por obvias razones. Ese retrato fue el comienzo de este trabajo, que ya lleva un año y medio.” Eduardo Gil, además, es el encargado de la obra de Liffschitz, encargo que ella le dejó antes de morir.
En la muestra Paisajes hay 32 personas con los ojos cerrados. Gil planea una mayor, con cientos de fotos de esta serie. Quizá, sonríe, ése sea el cierre. De lo contrario, no le resulta tan fácil dar el trabajo por terminado.
El continente y los locos
Si Gil está desarmando su aparato teórico, y se está desafiando, es porque su trabajo actual es por completo y radicalmente diferente del que realizó desde sus comienzos.
En 1976 –para él, relativamente tarde– se inició como fotógrafo tras ser “despedido” de una multinacional donde era delegado sindical. Estaba, claro, en peligro, y en la calle. Un amigo, providencialmente, le pidió que lo ayudara con su trabajo como fotógrafo. Hizo fotos carnet, de colegio, de fiestas, lo que fuera. Además fue –o intentó ser– meteorólogo, piloto, sociólogo. “Todo eso es como otra vida”, cuenta. “Yo manejaba exportaciones, qué sé yo, y ahora me cuesta sumar.” La fotografía le trajo también una implacable pasión por los viajes y recorrió América latina, a dedo, con mochila: Chile, Perú, Brasil, Bolivia. Hasta se perdió en el Amazonas. “Pero yo nunca había tenido nada que ver con el arte. Al principio yo mismo, y mi trabajo, tenía más que ver con la militancia y con la ideología, lo que se ve en mi mirada sobre el continente. Pero en esos viajes y en esa época empecé a estudiar historia del arte, y se abrió un nuevo y fascinante mundo para mí, que desde entonces es mi pasión.”
En sus viajes por América latina también hizo una serie sobre cementerios, que sin embargo no incluye ninguna imagen de un camposanto argentino. “Es que buscaba algo que no es lo habitual: encontrar humor y erotismo en los cementerios. Y acá son demasiado lavados: sé, por ejemplo, de un tipo al que no le dejaron poner una pequeña estatua de su perro sobre la tumba. En cambio, en el resto de América latina, y sobre todo en Brasil, lo humorístico y lo erótico están por todas partes, si bien a veces en formas sutiles. Y en otras no tanto.”
Uno de los trabajos más célebres de Gil –y el disparador de otra de sus pasiones, la docencia– se hizo en el Borda. Siempre fascinado por los textos de Foucault, la institución manicomial y la locura, todo comenzó en su primer curso de fotografía, en el Cineclub Buenosayres, que durante la dictadura había hecho proyecciones de cine en las villas. Cuando Gil daba clases allí, uno de los proyectos del Cineclub eran las funciones en el Borda. Gil asistió a una y quedó fascinado con el debate posterior y todo lo que sucedió allí. “Propuse talleres con internos y los hice durante dos años y medio. Sin embargo, de toda esa época, sólo me quedé con 25 fotos. Son retratos sencillos, convencionales, con el tema de la mirada muy presente. En muchos casos, el que ve las fotos no puede adivinar que es un loco. La experiencia me ayudó en muchos sentidos, pero sobre todo en la desmitificación. Uno se fascina, pero en realidad es una noción errónea: la locura tiene demasiado sufrimiento como para idealizarla.”
Más tarde llegó su trabajo más abarcador, de 15 años de duración, que quedó plasmado en el libro (argentina), realizado entre 1985 y 2000, que apenas tiene un texto que anuncia: “Intenta ser una metáfora de la Argentina desde la dictadura militar hasta el presente”. Y en él aparecen otros de sus objetos recurrentes: los militares y la Iglesia. “Pero no quiero explicar mucho con esas imágenes. Quiero que el espectador trabaje, que le disparen cosas. Es de mis últimos trabajos en blanco y negro. Desde entonces empecé a trabajar con color. Primero entré en un período de abstracción, y ahora es este minimalismo.” Ahora planea una nueva serie que también será metáfora del país, y tiene algunas fotos, sobre todo de la Patagonia: grandes proyectos olvidados, como el Eolo, un galpón enorme de forma extrañísima, que estaba destinado para estudios de meteorología, y que por dentro se encuentra vacío, con alerones a sus costados para que el atroz viento no lo vuele. O un cartel en blanco que anuncia nada en el medio de la nada del desierto patagónico. “En esta nueva etapa, además, ya no busco la buena foto. Busco sí que dialoguen unas con otras. Mi búsqueda es, además, que las imágenes digan algo sobre la Argentina y sus transformaciones. Pero ya no bajo línea. Ya no subrayo. Quiero que la gente, el espectador, sea el que trabaje.”