Imágenes de la ausencia. El Siluetazo, Buenos Aires, 1983
Mariana Lerner

Otra Parte Semanal, Buenos Aires, Otoño-Invierno 2014

En Sobre la fotografía, Susan Sontag habla de la apariencia de las cosas, de la inquietud frente al mundo, de la certificación de la experiencia a través de la cámara y de cómo se conforma un acontecimiento (fotografiable). Afirma: “Toda posibilidad de comprensión está arraigada en la capacidad de decir no”.

El libro de Eduardo Gil, Imágenes de la ausencia. El Siluetazo, Buenos Aires, 1983, editado por la UNTREF, reúne fotografías ya clásicas de varias de las manifestaciones y reclamos públicos que se multiplicaron sobre el final de la dictadura y el comienzo de la democracia, y ofrece además lúcidos textos de Ana Longoni, Florencia Battiti, Estela de Carlotto y Aníbal Jozami que sitúan la práctica de Gil a nivel histórico, ofrecen testimonios y reflexionan sobre la doble relevancia ‒estética y política‒ de este trabajo. El Siluetazo ‒impulsado por los artistas plásticos Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel‒ tal vez fue, de todas esas ‟acciones estéticas de praxis políticas”, en términos de Roberto Amigo, la que mejor mostró la potencia que surge cuando estética y política se fusionan y actúan una transformación en lo real.

Tanto Hospital Borda (1982-1985) ‒Gil coordinaba, en esa época bressoniana, un taller de fotografía con los internos‒, como El Siluetazo y la más reciente (argentina) (1985-2000) interpelan lo social desde lo público, y lo público desde sus márgenes. Y estos márgenes se alojan en ciertas prácticas urbanas pero también en cristalizaciones institucionales. Como si la clave para comprender lo social estuviera en lo que se ha invisibilizado, en lo que está fuera de campo, en el espacio del no: los locos, los desaparecidos, los heridos, los que hacen fila, los que se arrodillan, los que reclaman. El no aparece como condición de los márgenes, y también como denuncia: es la cara agria del poder, los uniformes.

La transformación estético-política que encarnó el Siluetazo, se reactiva, más de treinta años después, con la edición de Imágenes de la ausencia; y esto tal vez se deba al lugar que posee respecto de su referente. La colaboración de Ana Longoni describe de manera acertada ese vínculo: ‟El partícipe, el testigo, el artista”. Es en la simultaneidad de esos roles y en el tratamiento reflexivo y consciente que Gil da a esta obra ‒a sus contextos de recepción y circulación: la edición de este libro y la muestra el año pasado en el Parque de la Memoria‒, donde se salda la polémica que opone capacidad transformadora a museificación. El recorrido de estas imágenes tiende a garantizar justamente contextos de sentido que lejos de paralizarla o vaciarla políticamente, la ayudan a seguir irradiando su potencia original.

Eduardo Gil produjo un conjunto de fotografías que resultan relevantes en su triple condición de piezas de arte, documentos y acciones; en síntesis, todo lo que hace a la posición de un artista.